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Molotov en el Pepsi Music: el power mexicano

«Agradable sorpresa», dicta el cliché periodístico. Es que, pese a haberlos visto más de una vez como soportes de un headliner equis en el marco de un festival, uno no sabe qué esperar de Molotov y todo lo que lo rodea cuando ellos son el número central y el lugar es La Trastienda, lo más parecido a un antro que la legislación porteña permite utilizar para conciertos de rock. Y al verlos, las sorpresas que surgen, decíamos, son unas cuantas.

Antes que nada, los teloneros: los chilenos Chancho en Piedra y su hip hop duro y movedizo, con bronces, capaz de fusionar «Oye como va» de Tito Puente y «Purple Haze» en una sola canción, dejan el cachengue en la puerta del horno.

Segundo, el público: porque hay bermudas y piercings, y minitas, y monos con la «playera» de Metallica, y algún hipster que se tomó el colectivo equivocado, pero lo que más hay es gente de jean y remera, así, sin etiquetas, y se disfruta tanto la ausencia de pose en tiempos festivaleros que la euforia por poco no comienza antes de comenzar (téngase en cuenta que aquí sí se vende cerveza, lo cual no es un dato menor a la hora de explicar la algarabía).

Y por último lo más importante: el grupo. Porque un show de Molotov no es el viaje a la MTV de los 90 que el uso y abuso de «Voto latino» puede sugerir. Por el contrario, son una banda de rock hecha y derecha en muchos sentidos, principalmente por el sonido, con dos bajos que te sacuden el pecho, una batería felizmente maltratada por el gringo y una guitarra que de a ratos orilla el metal, de tanta podredumbre.

Y son rock, aparte, porque son capaces de despertar el revolucionario dormido en nosotros (por un ratito, tampoco es cuestión de salir a tomar el poder) tocando «Gimme tha Power». O de sostener un pogo por casi dos horas, con picos en «Chinga tu madre», «Por qué no te haces para allá», «Amateur» y varias más (y respeto, broder, a quién haga entrar en frenesí a una rubia tetona en minifalda durante tanto tiempo). Porque abrieron el show con «Noko» en pleno big bang de luces blancas estroboscópicas y chalecos de jean, y sonaban crudos y ochentosos como la banda más dark. Porque cuando tienen que pelar rocanrol rutero se despachan con «Perro negro» y agarrate. Porque son lo suficientemente tontones como para cantar «Changuich a la chichona», lo suficientemente comprometidos como para echarle guano al imperio con «Frijolero» y lo suficientemente jodidos como para armar un mini terremoto con el riff de «Here We Kum». Porque suenan ajustadísimos pero a la vez usan el escenario para fumar, tomar y putear («Puta verga chingada madre»… ¿cuándo fue la última vez que escuchaste a un argentino con esa boca de cloaca?»). Porque, encima, son graciosos y políticamente incorrectos («¿Quieren puto? ¿Te sabes una de La Ley?», le contestan a los pesados que piden hits). Y porque cierran con «Puto» y «Rastaman dita», jugando a una homofobia y una misoginia que claramente no tienen para culminar esta fiesta agresiva a la que todos fuimos invitados.

Sorpresas, insistimos, hubo varias, y agradables. Y te las contamos todas, para que antes de pasar de Molotov, la próxima lo pienses mejor. Eso sí: bajo techo y solos. Es el día y la noche.

Por Diego Mancusi

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