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Lemmy Kilmister

En el GPS agitado y deforme de su vida, Lemmy Kilmister tiene una sola constante: la maquinita tragamonedas del Rainbow Bar & Grill en Sunset Strip, Los Angeles, la misma avenida que inventó al glam metal de los 80s y que Axl Rose inundó de agua con delfines para el clip de «Estranged». «Ahí me siento tranquilo», dice, «vivo a dos cuadras, tomo bourbon Maker’s Mark o Jack Daniel’s con Coca Cola y nadie me rompe las pelotas». Es cierto: solo los turistas le palmean la espalda. Ahí, el viejo más extremo del mundo ya es casi una pieza decorativa. Y la paradoja es genial.

Motörhead vuelve a Buenos Aires por vez número ocho, este martes 12 en el Luna Park, el mejor lugar para ver a Motörhead en Buenos Aires sin duda. ¿Alguien recuerda Obras 1996? Los chiflados en la popular no se aguantaron y saltaron cinco metros hacia el campo al oír el primer acorde de «Orgasmastron». O su show con Ramones en Vélez, 1994, donde los chiflados en la platea arrancaron las butacas rojas para usarlas como misil contra los asistentes del campo también, más tasa de arrebato récord a la salida, algo impensable en la era post-Cromañón. Lemmy recuerda, a sus 65: «Eh, fue mucho temperamento sudamericano». Pero la mejor de todas, en ese sentido, fue Hangar, 2004, cuando una cancelación en el estadio de Argentinos Juniors forzó a la banda más incontenible de la historia del rock a un recinto cerrado para 2 mil personas donde no había un centímetro de piel sin tatuar y los riders de motoclub más cojudos del GBA se mezclaban con peleles y analistas de sistemas. Tras una hora y cuarto de show y un cierre con «Ace of Spades», Lemmy no podía más. Algunos lo vieron con un tanque de oxígeno en el soundcheck horas antes. El Ruso Verea tuvo que poner paños fríos desde el altavoz: no alcanzó. Tras un silencio incómodo, siguió una batalla campal desde el escenario hasta avenida Rivadavia que es una medalla de honor en la chaqueta de todo heavy argento. El doble bombo de Mikkey Dee fue profanado. Los presentes en el Mágico Boliviano, la bailanta de al lado, cobraron también. No le cayó bien al líder esa actitud: «Todos cometemos errores. Pero no nos merecíamos eso». Afortunadamente, los Marshall de Lemmy, llamados «No Remorse» y «Murder One» y que ecualiza sin graves ni agudos y con los medios al mango, no sufrieron daños.

Tampoco es reprochable ese desmán, en el fondo, porque es lo que Motörhead representa: un principio básico de la Argentina Destrucción, donde uno puede ser todo lo antisocial y motherfucker que quiera. También, no es demencial pensar que el personaje se vuelve un poquito cansador, que el mundo pide un Lemmy cada vez más monstruoso, que cuando se apaga la luz se debe deprimir o algo así. Lemmy afirma todo lo contrario: «Será porque jamás pretendí ser algo que no soy. Lo que ves es lo que hay. Nunca separé ni edité nada, nunca fui un personaje. No soy Jekyll y Hyde». Los cálculos existentes son monstruosos también. Diversas fuentes afirman que se movió más de 2 mil mujeres en su carrera: «¡Ja, ja, ja! Yo te diría que fueron mil. Pero no es tanto, si te ponés a calcular. Vengo poniéndola desde los 17, así que eso te lo explica». Todo el resto de la magia está en su documental homónimo de 2010, donde todos desde Ozzy (Lemmy co-escribió buena parte de las letras de No More Tears) hasta Jarvis Cocker, fan de Hawkwind, su banda prog-cósmica previa a Motörhead, se babean por él, su hijo explica que papá le recomendó anfetas porque hacen mejor que la merca y Lemmy habla mierda del show business con Billy Bob Thornton para después manejar un tanque de guerra alemán. Hoy, tras incontables cameos en cine, como The Toxic Avenger IV de los hiperbizarros estudios Troma o la inmortal Airheads (donde Steve Buscemi acuñó el término «Lemmy IS God») es la star del último clip de Foo Fighters, «White Limo», donde hace de un conductor de limo endemoniado que pisa al bajista Nate Mendel: «Fue muy cómico, porque no sé manejar». Más acá, «Born To Raise Hell» suena en la nueva publicidad de Arnet para garantizar velocidad de navegación. Todo dicho. «Nunca entendí toda esta cosa de ser un icono», se sorprende. Y es una retórica cautivante, que va desde cínicos del marketing hasta el ya mítico Comando Lemmy, la crew de seguidores con chalecos de cuero custom y base en Hurlingham. La línea histórica que Motörhead representa también es de lo más vital: sin ellos, no existirían los últimos treinta años de metal duro, fruto quizá de las toneladas de anfetas que Kilmister se tragó. Lars Ulrich dijo mil veces: «La rabia y la energía la tomamos de Motörhead».

Está algo tacaño al hablar. No quiere decir nada de su vasta colección de memorabilia nazi que incluye dagas ceremoniales de la SS, del inminente décimo aniversario de la muerte de su amigo y fan Joey Ramone, o de quién espicha primero: él o Keith Richards. «Yo nunca pienso en la muerte», aclara. «Espero venga rápido». Y a sus 65, precisamente, adoramos su vitalidad. Pero Lemmy, tal como con su deceso, no piensa en el PAMI tampoco: «Bien, no soy fucking joven. Pero mientras los fans quieran venir a vernos, vamos a estar girando. Nunca pensé en tirar la toalla. Siento que hay más y más». El calendario es intenso: «Si tomás este año solamente, estuvimos en Estados Unidos y Canadá por seis semanas, luego un tour por Australia y de ahí bajamos directo a América Latina. En junio empieza la temporada de festivales hasta agosto, y en primavera seguimos. Es más de siete meses. ¿Me la banco o no?»

No se puede esperar menos. Su último disco, The World is Yöurs, es Motörhead vintage por donde lo mires, el compendio de clichés más gloriosos del rock duro. Lemmy dice: «¿Vintage? Hmm, no sé que querés decir. Man, es un disco nuevo y ya». Es decir, si hay una banda que tiene derecho a no hacer un carajo de nuevo y seguir viviendo de su catálogo inoxidable de más de 20 discos de estudio, esa es Motörhead. Hay clásicos de sobra: «¿Estás loco? ¿Vos te pensás que la gente vendría a vernos si no tuviéramos un disco nuevo que mostrar?»

Por Federico Fahsbender

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