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Gran cierre de Fito Páez en su ciclo Giros, con Charly García como invitado

Fito Páez clausuró anoche su serie de recitales de celebración de los 30 años de su disco Giros, ante y con un Gran Rex repleto, con un desempeño en el que la precisión de una banda impecable al servicio de una lista que incluye a no pocas de las canciones que ocupan el podio del repertorio del rock argentino, y la emoción se complementaron de la mejor manera. Y con la presencia de un Charly García animado, y coronado por el público como la estrella de la noche.

 

Como ya fuera consignado al comienzo de la serie, a fines del mes pasado, el repaso que Páez popuso de su producción de los ’80, con foco en esa especie de El amor después del amor con pocos recursos que es Giros, donde el rock, el folclore, el tango, el punk y el pop conviven en 35 minutos sin un segundo de desperdicio, actualizó un catálogo que no resistió, sino que superó el paso del tiempo sin inconvenientes.

Folis Verghet, Fue amor, Canción sobre canción, Tres agujas, Nunca podrás sacarme mi amor, Pompa Bye Bye/De 1920, Hay otra canción, Dame un talismán, Lejos de Berlín, entre una treintena de títulos que no perdería brillo si fueran reemplazados por los que quedan fuera de la arbitraria enumeración.

Pero el retrato implacable según el rosarino de esa época de ebullición permanente no se agotó esta vez en su testimonio. Tras el conmovedor mantra en que el paso del tiempo transformó a Y dale alegría a mi corazón, el centro de la escena -detrás de los teclados, de calzas, sombrero de ala angosta y silla de ruedas-, fue para Charly García. Entonces, Páez y los suyos asumieron el papel de banda de apoyo para que Say No More pudiera transitar Yendo de la cama al living y Necesito tu amor de la mejor manera que hoy puede hacerlo: desprolijo, visceral, errático y sin disfraz, respaldado por la sala a pleno.

 

Y estuvo bien. Como también lo estuvo cuando la pelota volvió al campo del rosarino, con una versión incendiada de Ciudad de pobres corazones. “Esto es rock”, sentenció después del último acorde, García. “Sin él, no seríamos nada”, lo mimó el dueño de casa. “Mirá que lindo, Fito”, retrucó el invitado, con la guitarra en su regazo y señalando los miles de celulares que iluminaban la sala, con sus luces totalmente apagadas y con Brillante sobre el mic como banda sonora de un momento único. “Antes eran los encendedores; ¿te acordás?”, tiró Páez, mientras en muchos rostros las gotas de transpiración se confundían con las de la emoción. “¡Free Moria!”, disparó un rato después Charly, como reporte de actualidad.

El final, fiel al guión, fue con A rodar la vida enmarcada en trapos revoleados al aire y algún corpiño de generosa talla volando al escenario, y con la imprescindible Mariposa Teknicolor que marca cada fin de fiesta. Aunque esta vez, la despedida fue diferente. Una vez más, el centro del cuadro fue para Charly, ladeado por su discípulo -generoso y agradecido- y por Fabi Cantilo, ambos de rodillas junto a la silla de ruedas, y el resto de los músicos como espectadores a la vez protagonistas de una ovación que fue toda para el invitado; esta vez, más especial que nunca.

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