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Babasónicos dio su gran golpe en el Colón

Después de que la gran araña central, los candelabros y las luces de los palcos se apaguen del todo, la sala central del Teatro Colón se hunde en una suave espesura negra: normalmente queda siempre un hilo de luz durante las óperas, los ballets y los conciertos, pero esta noche es distinta.

Después de unos segundos de suspenso -¿cómo entra un grupo como Babasónicos al Colón?-, el gran telón rojo se abre y Mariano Roger es el primero en subir al escenario y se pone a tocar una melodía en la guitarra acústica. Al ratito se le suma Panza en la batería, después Tuta Torres en bajo y, de a poco, va sumándose todo el resto del grupo con sus instrumentos, los teclados de Diego Tuñón, la segunda guitarra de Carca y Diego Rodríguez con una armónica que todavía está muda, a la melodía climática que de pronto es la intro de “Posesión del tercer tipo”.

Y entonces, en medio de la oscuridad, en el extremo opuesto de la sala, aparece él, vestido de negro y con una casaca color beige, dando unos pasos lentos y sensuales por el pasillo central, señorial, provocativo, seguido por el haz de luz de un reflector, haciendo suya la nave central del Teatro Colón y soltando versos como “Prefiero flotar” o “Qué bueno que es planear”, mientras la melodía vira hacia una cita deforme de “I Am The Walrus” de los Beatles y el sonido de la madera parece crujir dentro de la música.

Cuando sube al escenario, Dárgelos abre los brazos para recibir los aplausos que caen desde palcos, cazuelas, tertulias y paraísos como si lo estuvieran ungiendo nuevo emperador de este lugar y se detiene, regodeándose en ellos, dándole la espalda al público todavía y ofreciéndole su culo: esto no es una entrada, es una conquista.

Con 25 años de carrera, el grupo de Lanús termina de perpetrar su asalto perfecto al mainstream con una noche en el teatro más prestigioso de la ciudad: en el ambiente, en el público, se respira este show como el punto consagratorio de una fábula. Después Dárgelos se da vuelta y, con unos espasmos teatrales, suelta las líneas pendencieras del estribillo como una escupida hacia la cúpula: “Salvajes de traje me quieren enseñar/Salvajes de traje me quieren educar”.

Esa es la respuesta del grupo al brote histérico en Facebook de Darío Lopérfido, el director artístico del teatro, después de que el grupo aceptara con displicencia la invitación a tocar acá, interpretando con exactitud el papel de funcionario público crispado frente al gesto desfachatado de una banda de rock. Así, después de alterar con este track de su segundo álbum Trance Zomba (1994) el comienzo de su show, Babasónicos se lanza con “El colmo” e “Irresponsables” de forma casi milimétrica hacia el setlist que viene haciendo en su gira de teatros para presentar Desde adentro – Impuesto de fe, el álbum en el que descomponen sus canciones, dejando de lado la sugestión eléctrica para reconstruirlas desde una psicodelia acústica, por momentos folk, por momentos espacial, convertidos en una pequeña orquesta de cámara que puede proponerse cualquier cosa: vale la pena verlos en vivo en este estado de gracia.

Sobre el escenario, el grupo forma un semicírculo que empieza a la izquierda con la dupla rítmica de la batería de Panza y el bajo de Tuta Torres, después el corazón melódico que forman Mariano Roger y Diego Tuñón y que se estrella contra la célula de experimentación sonora que forman Carca y Diego Rodríguez, adulterando y expandiendo la sonoridad de las canciones con un arsenal casi infinito de instrumentos -vibráfono, lap steel, armónica, flauta traversa, guitarras, panderetas, marimbas, mellotrón y hasta un saxo-, en una suma gestáltica de elementos que se van macerando en cada canción.

En “Camarín”, Babasónicos repite el truco que viene haciendo en los teatros, de dejar la canción en un valle onírico, un pequeño trance instrumental en el que Dárgelos desaparece del escenario y reaparece en un palco, en medio de la gente, para rematar la última parte del tema, sólo que esta vez es entre las molduras doradas del palco alto del Colón y la escenografía es única. Mientras canta “Ser el vapor de fantasías/No me dejará llorar/La fiesta que nunca termina”, toda esta noche parece una canción de Babasónicos en sí misma: la fábula de un bufón autocoronándose emperador en un palacio y logrando que todos lo adoremos con un hechizo de canciones.

Ahí arriba sobre el palco, o abajo, pavonéandose en la punta del escenario frente al público, o aleteando con unas alas de gasa negra, Dárgelos parece más que nunca una criatura fantástica y teatral, el personaje malvado de una ópera que hace su aparición de noche para seducir con el veneno de sus palabras a la doncella o al público, y que en cada canción se pregunta de distintas maneras cómo salirse con la suya, una pregunta existencial a la que casi siempre responde con sensualidad, aún a sus 47 años, porque la ilusión de estar vivos es, en cierta medida, como la ilusión de ser jóvenes para siempre, la idea de que mientras todo esto dure hay que sacarle todo el provecho posible, vivirlo de la forma más intensa, esta noche acá adentro del Colón, y el resto del tiempo ahí afuera.

“Estoy disfrutando de esto/dejándome llevar/no me influencies con tus caprichos/no me hagas concluir, tiene que ser eterno”, canta en “Casualidad”, un track de Miami(1999), que esta noche incluyen en el setlist mientras se acaricia el bulto frente a todo el Colón sin que resulte obsceno y después cae en un estribillo que condensa todo lo que Dárgelos tiene para decirle al mundo: “Sé que es bueno para mí/Sé que es bueno para mí”.

Juan Morris

rollingstone

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